Definición de Legitimidad

En el lenguaje corriente, la legitimidad es aquello que vuelve razonable o justa una cierta acción o decisión. En las disciplinas asociadas a la política —a saber, la Filosofía Política, las Ciencias Políticas, el Derecho—, la noción de legitimidad adquiere un significado específico, usualmente referido al accionar del estado.

Lilén Gomez | May. 2022
Profesora en Filosofía

El poder del estado se legitima, básicamente, cuando una amplia porción de la población presta un grado de consenso que garantiza la obediencia; por lo que, para sostener tal orden de cosas, solamente se recurre a la fuerza física en casos particulares. Luego, el interés del poder radica siempre en la generación de consenso, para alcanzar una adhesión a la obediencia tal que lo convierta en legítimo. El caso específico de la legitimidad en el contexto del estado depende, a su vez, de la noción corriente de la legitimidad, ya que el consenso generado a instancias de la población depende de que ésta considere como justas o razonables las acciones del poder que se inscriben en el ámbito estatal.

Los procesos de legitimación

La legitimidad real de un estado, en la práctica, depende de una multiplicidad de factores. Ésta se ve condicionada por el modo en que se disponen diferentes elementos que componen al estado como un todo: la comunidad política, el régimen, el gobierno, y el estado hegemónico, cuando se trata de un estado no independiente. De acuerdo con cómo se articulan estos factores, varían los procesos de legitimación estatal.

En cuanto a la comunidad política, ella consiste en el grupo social conformado por los individuos que realizan un trabajo político; luego, la legitimidad, en este aspecto, se configura de acuerdo con la identificación y fidelidad de la población hacia la comunidad política. En el caso del régimen, se trata del conjunto de instituciones que regulan el ejercicio del poder, de acuerdo con diferentes principios (monárquicos, democráticos, socialistas, etc.); así, la legitimidad del régimen depende del grado de adhesión a dichos principios, independientemente de quiénes ocupen esas instituciones circunstancialmente. Es decir, la aceptación del régimen sienta las bases para la disputa entre grupos políticos por el acceso al poder, dándole un marco regulatorio común.

Por su parte, el gobierno es el ejercicio concreto del poder político, bajo la forma del régimen instituido; y resulta legítimo cuando acciona de acuerdo con las normas establecidas para la vida política. No obstante, la legitimidad del gobierno puede darse por otras razones, por ejemplo, las cualidades personales de sus líderes. Por último, considerando un estado no independiente, en el contexto de un país colonizado, resulta difícil que la población considere legítimo al estado, puesto que éste no toma decisiones autónomas; en ese caso, la adhesión puede darse hacia el sistema imperial del que forma parte.

La legitimación social

Los roles de la población en los procesos de legitimación de un estado pueden ser diversos y, generalmente, dependen del nivel de coherencia entre el fundamento o los fines del poder y su propio sistema de valores y creencias. En el caso de que ambos elementos sean compatibles, el resultado será la legitimación del estado; en cambio, si son contradictorios, el resultado es una impugnación de la legitimidad del estado, que se traduce en una acción cuyo fin es transformar las bases de la vida política, a saber, cambiar el régimen o la comunidad política.

La impugnación de la legitimidad trasciende la oposición al gobierno, en la medida en que se dirige hacia la transformación de las estructuras políticas mismas y no solamente hacia la destitución de quienes las administran; en este sentido, se considera una actitud de rebelión —cuando se niega el orden establecido— o de revolución —cuando se propone un nuevo orden social—.

Toda lucha por la legitimación de un orden u otro se halla atravesada por la ideología de los grupos sociales en pugna, cuyos intereses son diferentes, llegando a ser antagónicos. El poder alcanza su estabilidad cuando logra cumplir las funciones que le han sido asignadas (por ejemplo, el desarrollo económico o la defensa del cuerpo social), de modo que justifica su propia existencia.

No obstante, cuando los fundamentos en los que se apoya el poder están disociados de la realidad social, entonces se abandonan y se produce una crisis, que deviene en la transformación de la estructura hasta entonces vigente, de forma tal que se recompone una nueva legitimidad hacia un orden social diferente.

 
 
 
 
Por: Lilén Gomez. Profesora en Filosofía, Universidad de Buenos Aires, Argentina. Desempeño en el ámbito de la docencia y la investigación, en áreas de la Filosofía Contemporánea. May., 2022.
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Referencias

Bobbio, N., Matteucci, N., & Pasquino, G. (1991). Diccionario de política (Vol. 2). Siglo XXI.
 
 
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